La cultura de la muerte abre sus fauces y dice que es para dar un beso

 

Los impulsores de la legalización del aborto en la Argentina defienden sus posturas en base a falacias que sólo traen destrucción

Pero, ¿qué es una falacia? Es un engaño, muchas veces muy sutil; es llegar a una conclusión lógica, pero a partir de una premisa falsa o de un razonamiento equivocado, que es lo que hacen los defensores del aborto.

Por ejemplo, si digo que “en julio llueve todos los días”, observo que “hoy llueve” y concluyo que “estamos en julio”, cometí una falacia por partida doble: el razonamiento es erróneo porque también llueve en otros meses y en consecuencia hoy puede ser cualquier otro mes del año, y mi premisa es falsa porque no es cierto que en julio llueva todos los días.

El principal argumento de quiénes defienden la despenalización del aborto y que enarbolan grupos feministas es que cada mujer es dueña de su cuerpo y por lo tanto puede hacer lo que quiera con él.

Ningún derecho es absoluto y el ser que crece en su vientre tiene entidad propia y a las 14 semanas, fecha límite que se propone para el aborto, “el feto ya tiene formados todos sus órganos” y sólo queda que “maduren pulmones, sistema nervioso central y riñones”, según describe la médica pediatra Zelmira Bottini de Rey.

Para esta profesional, miembro del Instituto de Bioética de la Universidad Católica Argentina (UCA) a esta altura del embarazo “se pueden distinguir los rasgos faciales, por lo que los fetos de 14 semanas no son todos iguales, lo que queda demostrado en las ecografías 4D”.

Cuando el espermatozoide fecunda el óvulo ya existe un nuevo ser humano, con toda la información genética que le permite desarrollarse, con un nuevo ADN, con su sexo masculino o femenino inscripto en cada célula, factor sanguíneo, rasgos propios y definidos desde el primer instante, como el color de pelo y ojos, altura, etc.

Se trata de una vida humana, no es un órgano, tiene existencia propia y por lo tanto goza del más básico de los derechos, el de la vida, y su madre no puede disponer su fin. Eso que está adentro no es ella, es otra persona.

Pero el proyecto que se debatirá en el Congreso nacional tiene un agravante: justifica el crimen del aborto hasta los nueve meses de gestación si el embarazo fuera producto de una violación, si estuviera en riesgo la vida o la salud física, psíquica o social de la mujer y si existieren malformaciones fetales graves.

El cinismo del proyecto es insostenible: una violación es una situación traumática para la mujer que lo sufre, pero abortar al bebé inocente no soluciona nada, suma un trauma mayor a la mujer que podría ceder su hijo a un matrimonio que desee adoptarlo.

La cultura de la muerte ha permeado las resistencias y se engaña a sí misma y a las víctimas de situaciones límites diciéndoles que desprendiéndose del “manojo de células” se acaba el problema, cuando en realidad se agrava: a la tragedia de la violación se le suma la violencia de la muerte con secuelas de culpa y estrés.

¿Quién decide que existen “malformaciones fetales graves” suficientes como para acabar con la vida de un niño? ¿Queremos transformarnos en Dios y decidir el futuro de los diferentes, de los enfermos y convertir el primer hogar de una criatura en un campo de concentración?

¿Dónde quedaron los derechos humanos para los más débiles?

La agresión es tan grosera y el problema ético tan evidente que uno no puede más que preguntarse, cómo puede ser que las mentes supuestamente más lúcidas y sensibles de nuestra civilización no lo advierten.

Artistas, escritores, filósofos, dirigentes políticos, defensores de los derechos humanos, periodistas, medios de comunicación se golpean el pecho argumentando la defensa de las muchachas pobres sin darles otra opción que lo que en 1994, la madre Teresa de Calcuta sostuvo ante el entonces presidente Bill Clinton y su esposa Hillary con lucidez y coraje: “al abortar la madre no ha aprendido a amar; ha tratado de solucionar su problema matando a su hijo”.

“Y a través del aborto se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación”, concluyó la monja albanesa.

Occidente viene cuesta abajo desde hace varias décadas, desbordado ahora por la presión de los grupos feministas más agresivos, el copamiento de un discurso anti vida en los medios de comunicación y una confusión de ideas encarnadas por el autoproclamado “progresismo”.

Tal estado de situación nos ha retrotraído a los tiempos herodianos y a aquel grito desgarrador del siglo I cuando los niños de Belén menores de dos años fueron exterminados por un rey cruel y sanguinario: “Se oyó una voz en Ramá, llantos y grandes lamentos. Era Raquel, que lloraba por sus hijos y no quería ser consolada porque ya estaban muertos.”

Pero hoy son muy pocos los que lloran o lo hacen en voz en voz baja; sobran los dedos de la mano
para contar las voces claras y enérgicas: mas bien se festeja lo que debería dar vergüenza.

¿Pero dónde nace la desvergüenza y el atropello al sentido común? San Pablo, un fanático que en su juventud anduvo a la caza de cristianos, incluso dándoles muerte, luego de su conversión puntualiza la advertencia que hace Dios a aquella cultura que decide darle la espalda: “haré que los sabios pierdan su sabiduría y que desaparezca la inteligencia de los inteligentes.”

E insiste en un diagnóstico espiritual al afirmar que “como ellos no creen, el dios de este mundo los ha hecho ciegos de entendimiento”.

Tal vez esta definición explique la visión de estos grupos, que pone a la mujer como centro de la escena y al niño en camino como una “molestia” que atenta contra su “proyecto de vida”.

No es casualidad que Pablo, que tuvo un encuentro traumático con Jesús por un resplandor del cielo que lo dejó ciego por tres días, defina el mensaje cristiano como “la brillante luz del evangelio de Cristo glorioso” y nos convoque a “iluminar a otros, dándoles a conocer la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo”, con humildad pero con firmeza también para acabar con la ceguera espiritual de quienes han caído en el error.

Jesús amaba a los niños, los hacía parte de sus reuniones, fue niño obviamente, y cuando estuvo en la panza de su mamá su primo Juan, también en el vientre de su mamá Isabel, se “estremeció de alegría” cuando escuchó la voz de su tía por primera vez. ¿Qué sino vida y sentimientos traemos ya desde el seno materno?

Fuente: David Kohler Pulso Cristiano

 

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