El miedo a hablar en público

 

Voy a contar una experiencia que, estoy seguro, será de utilidad para los que la pongan en práctica en sus vidas.

Alguien dijo que “no somos seres humanos con una experiencia espiritual, sino seres espirituales con una experiencia humana”.

Aproximadamente a los 30 años comencé a predicar en iglesias por primera vez. Por entonces trabajaba con el equipo del Dr. Luis Palau.

Recuerdo que era un suplicio subir a la plataforma. Qué digo: era una tortura desde una semana antes de mi charla. Los nervios me consumían.

Lamentablemente somos así: nos interesa demasiado dar una buena imagen y le tenemos terror al ridículo. Pero ya hablaremos de eso otro día.

Una noche debía predicar en la Iglesia “Dios es amor” invitado por el amado Pastor Carlos Naranjo, en San Nicolás y estaba con Hilda. El salón estaba repleto y a mi me devoraba el estrés. Tenía mucho miedo. Recuerdo que estaba tan transpirado que hasta mi esposa debió comentarme: “Marcelo no te pongas así. Relajate. Tenés mojada hasta la corbata”.

Deseaba con toda el alma poder irme de allí o que la tierra me tragase. (¿Era para tanto? Me pregunto hoy). Sentía lo que la psicología llama: “Pánico escénico”.

Un día me encontré con mi querido amigo Edgardo Silvoso, presidente de “Evangelismo de Cosecha” y le comenté aquel miedo que me bloqueaba cada vez que debía usar un micrófono con público adelante.

Y él me dio el consejo de oro que comencé a aplicar de inmediato y que resultó ser mi gran liberación para ese problema que me angustiaba tanto.

Me dijo: “La manera en que vas a superar todos esos miedos es sencillamente estudiando mucho lo que vas a compartir. Tenés que dominar el tema. Tendrás que dedicar muchas horas a preparar cada mensaje. Y eso destruirá todo temor. Y el Señor hará el resto”.

Llevo años siguiendo ese consejo. Y el resultado ha sido como me lo predijo Edgardo. Pero hay una cosa que le pido al Señor: No convertirme en un profesional.

Y Dios me responde a ese pedido: Cada vez que hablo, necesito depender de Él.

FUENTE: Marcelo Laffitte

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