La consumación del mensaje antisemita de la iglesia católica, los pogroms

Uno de los argumentos propagandísticos más utilizados por la iglesia católica a lo largo de los siglos ha sido el de su unidad, supuestamente, sólo rota por herejes y cismáticos.  Sin duda, semejante proclamación posee una capacidad de sugestión notable. 

Sin embargo, plantea un problema nada baladí y es que no se corresponde, en absoluto, con la realidad histórica.  De hecho, las luchas internas – meros enfrentamientos por el poder desnudo – en el seno de la iglesia católica han tenido una más que probada capacidad para dividirla hasta el punto de producirse la existencia de varios pretendientes al trono papal. 

La existencia de papas y anti-papas – sin que sobre la identidad de unos y de otros exista un acuerdo total – fue una constante a lo largo de la Edad Media.  Con todo, el mayor enfrentamiento tuvo lugar del año 1378 al 1417 en lo que se ha denominado el Gran Cisma de Occidente.   Las raíces del cisma en el que llegó a enfrentarse lo que Laszlo Passuth denominó un “póquer de papas” se encontraban en los primeros años del siglo XIV.

      En 1305, Bertrand de Got, arzobispo de Burdeos (n. c. 1260), fue elegido papa gracias al apoyo de los cardenales favorables a la monarquía francesa.  Tributario de esta acción, Bertrand, que tomó el nombre pontificio de Clemente V, trasladó la residencia de la Santa Sede desde Roma a Aviñón. 

Durante las siguientes siete décadas, el rey de Francia controló de manera casi total los asuntos papales o, como señala Lortz, “el papa se convierte casi en obispo de la corte francesa”[1] .  Clemente V condenó por hereje e inmoral a su predecesor el papa Bonifacio VIII – que se había enfrentado con Francia – y ordenó el proceso de los Templarios, cuyas riquezas codiciaba el rey galo.

      A la muerte de Clemente V, la sede papal estuvo vacante por espacio de más de dos años y cuando, finalmente fue elegido papa Jacques Duèse, se trató de un candidato de compromiso, que contaba con el respaldo de Felipe de Francia y de Roberto, rey de Nápoles y que adoptó el nombre de Juan XXII, viéndose su pontificado amargamente marcado por las acusaciones de herejía.  En 1322, el Capítulo general de los franciscanos declaró que Jesús y los apóstoles no habían tenido ninguna posesión material.

La respuesta del papa Juan XXII consistió en renunciar a la titularidad de los bienes de los franciscanos – que, formalmente, era papal, pero, en la práctica, estaba en manos de la orden franciscana – y, a continuación, proceder a condenar como herejía la declaración del Capítulo general.  La reacción de los franciscanos ante estas medidas papales consistió en acusar, a su vez, al papa de hereje. 

En defensa de semejante postura, los franciscanos contaban con precedentes papales ya que en 1279, el papa Nicolás III se había decidió en favor de la tesis defendida por los franciscanos señalando que la renuncia a los bienes en comunidad podía ser un camino de salvación.  Deseo de convertir la decisión papal en irrevocable, el franciscano Pedro Olivi redactó la primera defensa teológica de la infalibilidad papal en cuestiones de fe y costumbres.

Juan XXII, por lo tanto, no podía revocar aquello sobre lo que se había pronunciado previamente Nicolás III.  Sin embargo, cuando los franciscanos apelaron a la creencia en la infalibilidad papal para oponerse a Juan XXII, éste condenó la mencionada doctrina como “obra del diablo” (bula Qui quorundam de 1324).  

No dejaba de ser un paso relevante porque en 1871, el concilio Vaticano I definiría como dogma de fe la infalibilidad papal que, precisamente un papa había declarado “obra del diablo” casi seis siglos antes.  Dando un paso más allá, en 1329, el papa, en virtud de la bula Quia vir reprobus, declaró que la propiedad privada existía antes de la Caída de Adán y que los apóstoles contaban con posesiones propias. 

      Otro problema de carácter teológico derivado del mismo papa se originó cuando en 1322, el pontífice declaró que los salvos que están en el cielo sólo ven la humanidad de Cristo y no podrán contemplar plenamente a Dios hasta después del Juicio final.

En 1333, esta tesis fue condenada por la universidad de París como herética, circunstancia que aprovechó Luis IV el Bávaro para intrigar contra el papa y preparar un concilio general[2] que lo depusiera.  Ya en su lecho de muerte, Juan XXII, muy afectado por las acusaciones de corrupción que se lanzaban contra él y la desesperada situación política, se retractó de su declaración sobre el estado de los bienaventurados y afirmó que los mismos ven la esencia divina “tan claramente como lo permite su condición”. 

     Sin duda, los frutos del traslado de la Santa Sede de Roma a Aviñón resultaban muy amargos y uno de los menores no fue precisamente el de que se articularan defensas de profundo calado intelectual en contra del papado. 

Al respecto, el Breviloquium de principatu tyrannico papae (1339-40) de Guillermo de Occam[3] o el Defensor Pacis(1324) de Marsilio de Padua[4].   Sin embargo, a pesar de todo, tras el dramático pontificado de Juan XXII, la Santa Sede se mantuvo en Aviñón con Nicolas V  (12 de mayo de 1328 – 25 de julio de 1330) – que suele ser incluido en la lista de los antipapas –  Benedicto XII.  (20 de diciembre de 1334 – 25 de abril de 1342),  Clemente VI.  (7 de mayo de 1342 – 6 de diciembre de 1352), Inocencio VI.  (18 de diciembre de 1352 – 12 de septiembre de 1362) y Urbano V.  (28 de septiembre de 1362 – 19 de diciembre de 1370).  En 1367, este último papa abandonó Aviñón con la intención de volver a establecer la sede papal en Roma.

Allí se trasladó y permaneció hasta 1370.  Para esa fecha la presión de los cardenales franceses y la antipatía que le profesaba el pueblo de Roma, le llevaron a considerar la necesidad de regresar a Aviñón donde volvió a establecerse en septiembre del citado año.  Hasta 1377, no regresó a Roma su sucesor Gregorio XI [5] en un acto que significó la conclusión de la cautividad de Aviñón.  El hecho a la sede papal de siglos fue, sin duda, provechoso para la institución, pero no implicó una recuperación espiritual ni tampoco una cura para la maltrecha imagen del papado. 

Por el contrario, constituyó el preámbulo de una crisis aún más grave que recibiría el nombre de de Cisma de Occidente[6].   A la muerte de Gregorio XI, el pueblo de Roma – que temía la elección de un papa francés y el regreso de la Santa Sede a Aviñón – exigió que el nuevo pontífice fuera “romano o al menos italiano”.

Aterrorizados, ante la posibilidad de que se produjera un derramamiento de sangre, los cardenales votaron casi unánimemente a Prignano que subió al trono papal con el nombre de Urbano VI. Una vez más, cuestiones meramente políticas tuvieron consecuencias espiritualmente trágicas.
     

Al anunciar Urbano VI que tenía el propósito de crear nuevos cardenales para contar con una mayoría italiana en el Sagrado colegio, los cardenales franceses proclamaron la nulidad de su elección y eligieron a Clemente VII  en su lugar.   Aunque Urbano VI respondió ejecutando a cinco cardenales por conspiración y sometiendo a otros seis a tortura, murió sin conseguir que su pontificado fuera aceptado por toda la cristiandad católica. 

En 1389, a la muerte de Urbano VI, fue elegido el nuevo pontífice – Bonifacio IX  – por catorce cardenales romanos. Su propósito era alcanzar una solución de compromiso que permitiera solventar el Cisma de Occidente. 

Desgraciadamente no fue así y Bonifacio XI fue excomulgado por el papa de Aviñón Clemente VII. La muerte de este pontífice hubiera podido significar el final del Cisma. Sin embargo, los cardenales de Aviñón optaron por elegir a un nuevo pontífice, el aragonés Pedro de Luna, que accedió al trono papal con el nombre de Benedicto XIII.  Una vez más, el papa de Aviñón se negó a ceder ante la sede romana perpetuando así la división de la iglesia católica en dos bandos.
    

El drama que implicaba semejante situación – una unidad eclesial rota en la cúspide por dos papas que se anatematizaban recíprocamente – llevó a distintas instancias políticas a intentar una mediación que llevara a Benedicto XIII a abdicar y permitiera la continuación de la línea papal a través de un pontífice con sede en Roma. Así, en 1395, Carlos VI de Francia le instó infructuosamente para que abdicara y no mejor resultado obtuvieron una legación anglo-francesa en 1397 y otra alemana en 1398.

     El Cisma de Occidente no dejó de tener su repercusión en los reinos hispanos.  En diciembre de 1378, Enrique II de Castilla  convocó una asamblea para estudiar el asunto en Illescas ya que no era fácil decidir cuál de los papas era legítimo.  La reunión de Illescas no dio el resultado esperado y el monarca castellano decidió elevar nuevas consultas.   Dos años después, tras un sínodo celebrado en Medina del Campo, Castilla decidió sumarse al bando clementista.  En mayo de 1381,  se anunció oficialmente la toma de posición de la Corona si bien ya era obvio que una parte del clero consideraba que lo mejor para los intereses de la iglesia católica era convocar un concilio donde se dirimiera el grave contencioso.   

      Todavía menos afortunada la situación en la Corona de Aragón.  Pedro IV se enfrentó con el hecho de que ninguna de las partes en conflicto resultaba lo suficientemente persuasiva lo que llevó a declarar su neutralidad en el cisma y a disponer de la financiación del clero asumiendo también las rentas de la Cámara apostólica. 

Una posición de neutralidad fue también adoptada por Carlos II de Navarra mientras que Fernando I de Portugal respaldó a los clementistas en 1379 para, en 1381, sumarse a los urbanistas y en 1382, regresar a la obediencia al papa de Aviñón.  En un nuevo quiebro, en 1385, tras la batalla de Aljubarrota, Portugal se pasó, esta vez de manera definitiva, al bando de los urbanistas.
      

De manera bien significativa, cuando en 1398, Francia se apartó de la obediencia a Benedicto, Navarra y Castilla dieron el mismo paso situándolo en una posición muy delicada. Benedicto XIII llegó incluso a ser confinado en su palacio.  Con todo, en 1403 logró escapar disfrazado y esa muestra de audacia se tradujo en la recuperación de la obediencia de sus cardenales así como de la de Francia y Castilla.

 En 1404, Benedicto XIII propuso llegar a un acuerdo con el pontífice romano, pero el proyecto fracasó. Finalmente, en virtud del tratado de Marsella de 21 de abril de 1407, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón acordaron entrevistarse en Savona para concluir el cisma. El encuentro no tuvo nunca lugar y, al año siguiente, la corona francesa – la primera interesada en mantener el papado de Aviñón – volvió a apartarse de la obediencia a Benedicto XIII e incluso ordenó su detención. 

     A esas alturas, la tesis de que un concilio tenía autoridad y legitimidad suficiente para deponer al papa se había impuesto siquiera por la vía del pragmatismo ya que no se percibía otra salida para una crisis institucional y espiritualmente escandalosa. Así, Benedicto XIII, que había huido a Perpiñán, tuvo allí noticia de que el concilio de Pisa de 1409 le había depuesto tanto a él como al papa Gregorio. A los pocos días, Alejandro V fue elegido como nuevo – y, supuestamente, definitivo y legítimo – papa. 

      En teoría, la solución conciliarista, es decir la deposición de los pontífices y su sustitución resuelta por un concilio superior a ellos, debía haber acabado con el Cisma de Occidente. Desgraciadamente, a corto plazo, sólo sirvió para complicarlo aún más. Apoyándose en los reinos hispánicos y en Escocia, Benedicto XIII excomulgó a sus opositores y mantuvo sus pretensiones de ser el pontífice legítimo. 

       Si el papa aragonés iba a pasar a la Historia como un paradigma de la testarudez, no más ejemplar resultó la conducta de Baldassare Costa. Nacido en Nápoles de familia aristocrática, Costa fue pirata en su juventud, pero en 1402, fue creado cardenal por Bonifacio IX y nombrado legado en Romaña y Bolonia.

Empedernido mujeriego – de él se contaba que había seducido a más de doscientas mujeres mientras desempeñaba estas funciones – Costa rompió con Gregorio XII y se unió a los cardenales de Benedicto XIII que lo habían abandonado y en el curso del concilio de Pisa (marzo-agosto de 1409)  votó a favor de la deposición de Gregorio XII y de Benedicto XIII, y de la elección de Alejandro V.  Cuando éste murió, envenenado, al parecer, por órdenes del propio Baldassare Costa, éste logró ser elegido sucesor suyo.

       Costa – que tomó el nombre de Juan XXIII – consiguió disfrutar de un amplio respaldo en Francia, Inglaterra y varios estados italianos y alemanes. Decidido a acabar con la crisis por la que atravesaba el pontificado, condenó la enseñanza de los reformadores John Wycliffe y Jan Huss, y en 1414, convocó el concilio de Constanza con la intención de que se confirmara la deposición de Gregorio XII y Benedicto XIII. 

La propuesta era sensata, pero, a esas alturas, la tesis de la superioridad del concilio sobre el papa estaba tan afianzada que en febrero de 1415, el concilio decidió que también Juan XXIII debía abdicar.
Ante aquella iniciativa, Juan XXIII decidió huir convencido de que con ese acto concluiría el concilio, pero no fue así. En sus sesiones IV y V (30 de marzo y 6 de abril de 1415), el concilio proclamó su superioridad sobre el papa y, tras detener a Juan XXIII, lo depuso en la sesión duodécima (29 de mayo) acusándolo de simonía, perjurio e inmoralidad.   La respuesta de Juan XXIII fue declarar que el concilio era infalible y renunciar a cualquier derecho que pudiera tener al papado.  

Después de que el concilio de Constanza depusiera a Juan XXIII y a Benedicto XIII y recibiera la abdicación de Gregorio XII, en el curso de un cónclave que tan sólo duró tres días se eligió papa al cardenal Oddo Colonna que tomó el nombre de Martín V. 

     El cisma aún perduraría hasta el pontificado de Clemente VIII, sucesor de Benedicto XIII, pero ya con escasos católicos que no reconocieran como pontífice legítimo a Martín V.  A partir de 1418, en un intento de fortalecer su autoridad y de recuperar el prestigio de la Santa Sede, Martín V comenzó a negociar concordatos con Alemania, Francia, Italia, España e Inglaterra, y en 1420, volvió a residir en Roma, pese a las presiones para establecerse en Alemania o Aviñón.

El Cisma de Occidente había dejado de manifiesto hasta qué punto la unidad de la Cristiandad occidental resultaba frágil y cómo para recuperarla había resultado forzoso arbitrar medidas que colocaban la autoridad del concilio por encima de la de los pontífices. Sin embargo, no significó la recuperación de la unidad.

 Durante los años siguientes, quedó de manifiesto esa desunión en episodios como los oídos sordos prestados por las diversas naciones a los llamados papales para socorrer a Constantinopla – que cayó ante los turcos en 1453 – y, sobre todo, en la separación de Bohemia de Roma siguiendo las tesis teológicas de Juan Huss, un teólogo quemado en la hoguera durante el concilio de Constanza.  Con todo, y de manera harto significativa, el Cisma de Occidente iba a ser paralelo en España a uno de los hechos más horribles de la prolongada Historia del antisemitismo católico: los pogromos de 1391.

CONTINUARÁ


[1]  Lortz, Reforma…, p. 20.

[2][2]  Acerca del conciliarismo y del enfrentamiento entre el papa y el concilio, véase: A. Black, Council and Commune: The Conciliar Movement and the Fifteenth-Century Heritage, Londres, 1979; E. Delaruelle, E. Labande y P. Ourliac, L´Église au temps du grand schisme et de la crise conciliaire (1378-1449), París, 1962; D. Hay, The Church in Italy in the Fifteenth Century, Cambridge, 1977; F. Oakley, The Western Church in the Later Middle Ages, Itaca y Londres, 1979

[3]  Existe una buena edición con estudio preliminar de Pedro Rodríguez Santidrián, Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, Madrid, Madrid, 1992.

[4]  Existe una buena edición estudio preliminar de Luis Martínez Gómez, Marsilio de Papua, El defensor de la paz, Madrid, 1989.

[5] C. Tihon (ed.), Lettres de Grégoire XI, Bruselas, 1953-62; A. L. Táutu (ed.), Acta Gregorii XI, Roma, 1966;  A. Pélissier, Grégoire XI ramène la papauté á…á Rome, Tulle, 1962; J. P. Kirsch, Die Rückkher der Päpste Urban V und Gregor XI von Avignon nach Rom, Paderborn, 1898.

[6] Sobre el tema, véase: O. Prerovsky, L’elezione di Urbano VI e l’insorgere dello scismo d’Occidente, Roma, 1960; M. Seidlmayer, Die Anfänge des grossen abendländischen Schismas, Münster, 1940; W. Ullmann, The Origins of the Great Schism, Londres, 1948.

[7]  Acerca del conciliarismo y del enfrentamiento entre el papa y el concilio, véase: A. Black, Council and Commune: The Conciliar Movement and the Fifteenth-Century Heritage, Londres, 1979; E. Delaruelle, E. Labande y P. Ourliac, L´Église au temps du grand schisme et de la crise conciliaire (1378-1449), París, 1962; D. Hay, The Church in Italy in the Fifteenth Century, Cambridge, 1977; F. Oakley, The Western Church in the Later Middle Ages, Itaca y Londres, 1979

César Vidal

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